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jueves, 6 de junio de 2013

La llama de hielo, capítulo 2 "La cena"


La llama de hielo

2.-”La cena”

«El conocimiento de un ser comienza en el entendimiento de uno mismo.»

Cuando todos cogimos las mantas y los sacos nos fuimos a nuestras habitaciones a montar las camas. Solo teníamos eso, no nos dieron tiempo a coger maletas ni nada por el estilo. Lo único que tenemos de ropa aquí son unos cuantos montones de pantalones, camisetas, jerseys, calcetines, botas y chaquetas militares. De distintas tallas pero todas iguales.

Janet y yo nos metimos en la habitación 25. Ella va vestida con un pantalón vaquero blanco ajustado, una camisa vaquera azul, un plumas rojo y unas botas de ante negras. En sus manos lleva dos guantes verdes y en su cabeza un gorro, también de color verde. Según va pasando el tiempo y nuestro cuerpo se habitúa más a esta temperatura, es cuando más se nota el frío. Empieza a colarse por la ropa y a meterse en la piel hasta llegar a los huesos. De nuestras bocas y nuestras narices sale vapor. Parecemos pequeñas máquinas de tren de carbón. Aquellas máquinas antiguas que dejaban todo un reguero de humo a su paso.

Yo no llevo mucha ropa encima. Llevo un pantalón vaquero negro, bastante ancho. Una camiseta de Heroes del Silencio que ya tiene unos cuantos años. Un jersey de cuello alto azul oscuro y un anorak de nieve negro. También llevo unos guantes de color gris, un gorro de color gris y unas botas de montaña marrones.

Janet lleva el saco de dormir y yo llevo las tres mantas. Son mantas finitas, no sé si nos servirán de mucho la verdad. La habitación es alargada y estrecha. Debe tener seis metros de largo y tres de ancho, más o menos. En el fondo a la derecha está la cama. Una cama pequeña de noventa centímetros. A la izquierda tenemos el armario, ocupa toda la pared. Un armario vacío, lleno de estanterías, percheros y cajones pero completamente vacío. Entre la puerta y la cama hay un escritorio pegado a la pared de la derecha. Tiene una lámpara, un taco de folios en blanco, unos bolígrafos, reglas y poco más. El cajón que hay en la mesa también está vacío.

Dejamos las mantas y el saco encima del escritorio. Me acerco a la cama y compruebo que ropa hay. Nada, solo la almohada y dos sabanas, la de abajo y la de arriba.

-Solo tenemos dos sabanas y una almohada.-

-Vamos a pasar frío...-

-Por eso he pensado lo de dormir juntos. Sé que no nos conocemos de nada y que a primera vista puede ser extraño pero si queremos sobrevivir es lo que nos queda.-

-Estoy de acuerdo, además solo tenemos un saco. Si uno duerme sin saco se congela. Las mantas son finitas.-

-Ayúdame a meter el saco dentro de las sabanas.-

Janet y yo metimos el saco dentro de las sabanas y pusimos las mantas por encima. Pude comprobar como sus labios comenzaban a tiritar.

-¿Tienes frío?.-

-Pues... un poco si la verdad. Tengo los pies helados y al estar quietos, sin movernos me estoy congelando.-

-Ten, ponte mi jersey también. Con este anorak no tengo frío. Puedo aguantar solo con una camiseta y con él.-

-¿No tendrás frío?-

-No, lo compre hace bastante tiempo ya. No sé que tiene por dentro pero el frío no entra y el calor que genera mi cuerpo no lo deja salir así que siempre tengo una temperatura más o menos agradable. A no ser que salga al exterior claro. A menos cincuenta grados si que tengo frío jajaja-

Ayudé a Janet a ponerse mi jersey mientras nos reíamos de esta mierda de chiste.

-Alberto, ¿no te acuerdas de mí verdad?.-

¿A qué se refiere?, ¿ya me conoce?. A mi no me suena de nada.

-La verdad es que no. ¿por qué, ya nos conocíamos?.-

-Sí y no, es decir, estudiamos en el mismo colegio pero nunca hablamos. Nunca coincidimos en la misma clase y además teníamos amigos distintos.-

-Me tienes que perdonar pero no caigo. No recuerdo a ninguna Janet del colegio.-

-Pues si, jajaja, había una, yo. Nos perdimos la pista por un tiempo. Hace unos meses coincidimos siempre en la misma cafetería. En la calle García Barbón. Yo trabajaba en una farmacia en esa calle y antes de ir a trabajar desayunaba en esa cafetería.-

-Sí, estuve yendo ahí. Hace muchos años que voy a esa cafetería cada mañana. Me gusta ir a tomar un café, un donut y ver el periódico local. ¿Cómo nunca me dijiste nada?.-

-No sé, nunca surgió la oportunidad supongo.-

-Que cosas tiene la vida. Justo empezamos a hablar aquí en estas circunstancias que jamás habríamos pensado. Después de estar toda una vida cerca el uno del otro.-

Justo al terminar de decir esas palabras, la cara de Janet cambió por completo. La tristeza afloró en su cara y una pequeña lágrima se escapo de su ojo derecho. Abriéndose paso por su mejilla hasta caer al más absoluto de los vacíos durante un leve espacio de tiempo hasta impactar bruscamente contra un suelo enmoquetado rojo.

-¿Qué te pasa Janet?.-

-Todos están ahí fuera, muriéndose de frío o por esa maldita gripe nueva y nosotros aquí encerrados. Yo he perdido a casi todos mis familiares. Solo me quedaba mi hermano y ahora está ahí fuera, él solo. Infectado por la gripe nueva. Esa que llaman “La gripe solar”.-

Me acerqué a Janet y le di un abrazo. No sabía que decirle, mi familia estaba infectada. Todos y cada uno de ellos, estaban infectados y estaban ahí fuera también. A menos cincuenta grados. Daría lo que fuera por salir de esta maldita cárcel subterránea e ir junto a ellos. Si tengo que morir que sea con ellos no en esta mierda de bunker con cien desconocidos. Pero estamos encerrados y no podemos salir. Esos hijos de puta nos han cerrado desde fuera y no podemos abrirla.

Después de un largo abrazo, Janet parece que se ha relajado un poco. Un rugido procedente de su barriga hace que nos riamos como idiotas.

-Creo que será mejor que vayamos a comer algo. Tu estómago ruge como un auténtico león.-

-Jajaja, creo que será lo mejor, los demás también deben tener algo de hambre.-

Salimos de la habitación y me dirijo hacia el almacén donde están los dos señores y las dos señoras.

-Buenas caballeros, ¿cómo llevan el racionamiento?.-

-Hola joven, pues bien. Creemos que lo mejor es dar una lata de conserva por persona y un trozo pequeño de pan. Tan grande como la lata. Además daremos una bebida por persona también. Esto hará que nos dure la comida y acostumbremos a nuestros estómagos a comer poco. Sino comeremos todo muy rápido y acabaremos con todo.-

-Me parece buena idea, ¿Esto lo haremos en cada comida no?.-

-Sí, pensamos que deben ser tres comidas al día. En el desayuno tenemos, zumos, cacao, café y galletas.-

-Me parece perfecto. Habrá que dcírselo a los demás.-

-Díselo tú.... ¿Cómo te llamabas?.-

-Alberto.-

-Eso, Alberto, díselo tú, parece que te han aceptado a la hora de dar ideas.-

-Bueno, llevamos aquí menos de un día, estamos todos despertando de algo que aun parece un sueño. En cuanto todos despertemos, las cosas no serán tan fáciles.-

-Nosotros cuatro hemos estado hablando y los cuatro hemos tenido la misma opinión de ti. Has hecho lo que nadie se ha atrevido a hacer. Te has puesto en el centro de la sala y has dado algo que hacer y en lo que pensar. Por cierto, mi nombre es Manuel, él es Antonio y ellas son María y Camila.-

-Encantado de conocerles. Voy a contarle al resto lo que será nuestra cena. Si necesitáis cualquier cosa, decírmelo y os echaré una mano.-

-Vale, nosotros vamos a ir cogiendo las latas y dividiendo el pan.-

Camino hacia el centro de la sala pensando en lo que me ha dicho Manuel. Yo no quiero ser el líder de nadie. He hecho algo porque así lo he sentido y lo vi necesario. Pero no quiero ser el que tome las decisiones aquí dentro.

-Venid todos un momento, acercaros por favor. Bien, he estado hablando con Manuel, Antonio, María y Camila. Los señores encargados del almacén de comida. Hemos decidido que haremos tres comidas al día. Desayuno, comida y cena. El desayuno será con zumo, leche cacao o café y galletas. La comida y la cena de cada uno será, un trozo de pan, una lata de conserva y una bebida.-

-¡Eso es poco, yo tengo hambre!.-

-Lo sé, pero tenemos que acostumbrar a nuestros estómagos a comer poco o terminaremos con toda la comida en poco tiempo. No sabemos cuanto tiempo nos tiraremos aquí dentro y si queremos sobrevivir habrá que racionar la comida y la bebida.-

-¡Me niego a comer solo eso!, ¡he visto el almacén y está lleno de comida, podríamos comer más cosas si quisiéramos!.-

-¡Cállate y deja hablar a Alberto!, tiene razón en lo que ha dicho. Yo estoy con él.

Un murmullo comenzó a generarse en la sala. Algunos estaban a favor de nuestra propuesta y otros no. El tipo que interrumpió me miraba con cara de odio. Es un hombre de pelo largo, moreno, con barba, alto, delgado y debe tener unos treinta, treinta y pico años.

-Hagamos una votación, que la mayoría decida.-

-Me niego a hacer una votación, tienes toda la razón del mundo, yo incluso reduciría a mitad de lata por persona. Cuanto más racionemos más días de vida tendremos aquí dentro.-

Contesto una mujer peliroja del fondo. Algo que hizo que volviera el murmullo y se hiciera más fuerte.

-Seamos sensatos. Hagamos una votación. ¿Qué levante la mano el que crea que debemos comer más de media lata cada uno?.-

La gente levantó la mano y empecé a contar.

-Setenta y cinco personas habéis levantado la mano. Ahora levantar la mano los que creéis que debemos comer más de una lata por persona.-

Esta vez casi nadie levantó la mano.

-Solo habéis levantado la mano veintitrés personas. La mayoría ha decidido que comamos una lata cada uno en cada comida. Id tomando asiento en las mesas y os iremos llevando vuestra ración.-

El murmullo seguía en el aire mientras el grupo se dispersaba. Mi mirada se centro en un hombre de unos cuarenta y pico años que no ha participado en la votación. De hecho no ha participado ni hablado con nadie. Está de pie junto a la puerta cerrada con dos códigos. Mirándola fijamente como intentando descifrar el enigma que la abra. Me pongo de camino hacia él pero siento como me agarran del brazo. Es Alex el que me detuvo.

-Hola Alex, ¿qué pasa?.-

-Hola, nada, quiero que sepas que te apoyo firmemente. Estoy de acuerdo en tus decisiones. Intentas hacer lo mejor por todos y eso es importante.-

-Yo no quiero ser el que tome decisiones Alex. No soy esa clase de tipo.-

-Pues tendrás que empezar a serlo. La mayor parte de la gente te apoya. Salvo el tipo que se quejó y los otros veintidós que están con él. Pareces un buen tipo, así que cuenta conmigo. También te digo. Como en algún momento cambie de forma de pensar también te lo diré.-

-Muchas gracias Alex. ¿Puedes hacerme un favor?.-

-Por supuesto, ¿qué quieres que haga?.-

-¿Puedes ayudar a repartir la comida a toda la gente?, dile a Raquel que te eche una mano también. Tengo que hablar con ese tipo de ahí.-

-Claro, ahora mismo le digo. Buena suerte. Lleva mirando esa puerta desde que entramos aquí. He estado observándole y casi ni parpadea. Me acerqué a hablarle pero no me ha contestado.-

-Muchas gracias Alex, voy a intentarlo.-

Alex se marcha hacia Raquel a toda prisa y los dos se van al almacén. Manuel, Antonio, María y Camila siguen repartiendo cada ración. Yo camino hacia el hombre de piedra.

-Hola, ¿cómo se llama?.-

Tras unos segundos de espera vuelvo a preguntarle. Nada, ni se inmuta. Igual es sordo. Me pongo delante del y le hablo. El hombre se mueve un paso a la derecha para seguir mirando a la puerta.

-Oiga, ¿está bien?.-

Le empiezo hablar moviendo mi mano derecha por delante de su cara. Nada ni se inmuta. Joder, no sé que hacer. Le agarro el brazo izquierdo y le vuelvo a hablar. Esta vez si que me mira. Su cara pone una expresión enfadada. Pega un grito y sin verlo venir, su puño izquierdo impacta en mi cara. Un ardor nace en la zona del impacto. Por suerte fue en la mejilla. No me dio ni en la nariz ni en el ojo. Me echo hacia atrás mientras me agarro la cara con mi mano derecha. El dolor es intenso. Nace en mí una sensación que parecía dormida. Unas ganas de devolverle el golpe directo a su estómago. Un golpe rápido y seco pero mantengo esas ganas. Escucho como alguien se acerca, al escuchar su voz descubro que es Janet.

-¿Qué te ha pasado?.-

-El tipo este me ha dado una hostia.-

-Maldito gilipollas.-

Janet va hacia el hombre y le da una bofetada. El tipo ni se inmuta. Se puede ver como la forma de la mano de Janet nace en la cara del hombre en un tono rojizo. Pero ni se inmuta, sigue mirando hacia la puerta.

-Mierda, me hice daño en la mano.-

-Janet, ¿qué coño haces?.-

-No sé, fue lo primero que me vino a la cabeza.-

-Osea, yo mantengo las ganas de darle un puñetazo y vas tú y le das una bofetada, ¿no ves que perdió la cabeza y que es inútil?.-

-No pensé, solo actué. Pero gracias era eso lo que esperaba que me dijeras...-

-No te lo digo por mal, déjame ver esa mano.

-No es nada, solo fue del golpe.-

-Vale, ¿puedes echarme una mano y nos ponemos a repartir las raciones?.-

-Sí, vamos.-

Janet ha mostrado un poco de su carácter. Parece buena chica la verdad, aunque creo que discutiremos bastante. Yo también tengo mucho carácter. Caminamos hacia el almacén sin decirnos nada. La gente se ha quedado mirando la actuación teatral que se ha vivido hace un momento. Algunos se rién, otros solo comentan la jugada.

-Alberto, ya tenemos las raciones listas. Cien raciones preparadas.-

-Perfecto Manuel, buen trabajo. Ahora nos pondremos a repartirlas. La gente ya se está sentando en las mesas.-

No son mesas muy grandes. Son diecisiete mesas. Entramos seis por mesa y en una solo cuatro. Empezamos a repartir las raciones. Mientras lo hacemos, hay gente que nos da las gracias, otros que no dicen nada y otros que nos miran mal. Me estoy empezando a cansar de la actitud de algunas personas. No sé cuanto aguantaré pero mi paciencia tiene un limite. Al terminar, Alex, Raquel, Daniel, Janet y yo nos sentamos en una mesa que solo hay dos chicos. Uno moreno con algunas canas de gafas y otro calvo.

-Hola, que aproveche chicos.-

-Hola Alberto, muchas gracias e igualmente a todos. Yo soy Carlos y el es Javier.-

Dijo el canoso de gafas.

-Hola muchas gracias-

Dijimos al unísono los cuatro. El pequeño Daniel se quedó observando.

-Esta chica de aquí se llama Janet, el chico se llama Alex, ella se llama Raquel y el pequeñajo se llama Daniel.-

-¡No me llames pequeñajo, ya soy grande!.-

Refunfuño Daniel. Lo que hizo que nos arrancara una sonrisa a todos.

-Perdóname, no volveré a hacerlo.-

-¿Oye qué te paso con ese loco?- Pregunto Carlos.

-Nada, debe haber perdido la cabeza. Ni siquiera se ha sentado a comer.-

-Le he dejado la comida en el suelo, si quiere que la coma.-

-Bien hecho Raquel.-

Todos fuimos abriendo nuestras latas y comiéndolas con nuestro trozo de pan. La verdad que han hecho un buen trabajo. No fuimos capaces de comer y hablar. Todos estábamos hambrientos. En la gran sala solo se escuchaba el sonido de las latas y de la gente masticando. No era mucha comida pero la suficiente para saciar un estómago sin nada dentro. Al terminar Javier rompió el hielo del silencio en nuestra mesa.

-¿Qué os parece si cada no contamos nuestra historia?.-

-Vale, empezaré yo. Me llamo Alex. Tengo 27 años. Soy de Vigo. Dejé los estudios con 18 años y me metí en el ejército. He estado en Afganistán y en Irak hasta hace un año que lo he dejado. Solicité mi renuncia y me la aceptaron. Este año he estado trabajando en el puerto cargando pescado.-

-Yo me llamo Raquel, tengo 43 años, vivo en Vigo pero soy de Albacete. Hace siete años tuve a Daniel con el que creía que sería el hombre de mi vida pero bueno... Tuve que irme de allí y me vine a Vigo. La verdad que la ciudad me encanta, es preciosa. Soy abogada y hasta hace un mes que empezó todo, mi única vida era el buffet, la ciudad de la justicia y mi hijo. Apenas tengo tiempo para nada más.-

-Yo me llamo Daniel, tengo 7 años y voy al cole. Me gusta ver dibujos y colorear en mi cuaderno.-

-Yo me llamo Javier, tengo 26 años, soy de Vigo y estoy estudiando teleco en la universidad. He trabajado como camarero pero hace tiempo que no me llaman de ningún lado.-

-Yo me llamo Carlos, tengo 39 años, soy de Vigo y tengo un taller. Toco la guitarra en mis tiempos libres, aunque ya no la tengo.-

-Yo me llamo Alberto, tengo 32 años, soy de Vigo y soy escritor. He trabajado de vendedor y he estudiado electrónica, informática y audiovisuales. También estuve en teleco como tú pero lo mande a la mierda.-

-Yo me llamo Janet, tengo 31 años, soy de Vigo y soy farmacéutica. Tenía mi propia farmacia hasta que empezó todo esto y el ejército me la quitó.-

-Que curiosa es la vida ¿no?, Un día eres alguien y al siguiente no eres nadie solo uno más.-

Lo que terminó diciendo Carlos hizo que todos bajáramos la mirada y pensáramos en un momento en como ha cambiado todo.

Seguimos charlando por un tiempo mientras la gente se fue marchando para la cama. De dos en dos se fueron metiendo en sus habitaciones. El frío ya era considerable. Yo le dejé mi jersey a Janet y ahora mismo me estoy congelando. Apenas siento los pies y los brazos me empiezan a temblar del frío. Acompañados por mi mandíbula siguiéndoles el ritmo.

-Bueno, creo que es mejor que nos vayamos a la cama. Al menos allí no tendremos frío. Yo duermo con Javier en la habitación 33. Me hubiera gustado más tener a una chica en la cama pero es lo que hay... jajajaja.-

Todos nos reímos del chiste menos el pequeño Daniel que estaba abrazado a su madre con cara de sueño.

-Pues sí, yo recogeré todo lo que quede en las mesas y me iré para la cama también.-

-Venga te ayudamos.-

Dijeron los cinco.

Nos pusimos a recoger todo y mi mirada se volvió a centrar en el tipo raro. Sigue mirando hacia la puerta, sin moverse. No ha tocado la comida. Decidimos dejársela ahí. Al terminar nos vamos hacia nuestras habitaciones. Carlos y Javier a la 33, Raquel, Daniel y Alex a la 24 y Janet y yo a la 25.

Cerramos la puerta y caminamos hacia la cama.

-Por dios que frío.-

Dijo Janet mientras se descalzaba y se quitaba el plumas rojo.

-La verdad que yo ahora estoy congelándome-

Dije tartamudeando por el frío. El cuerpo me temblaba rítmicamente.

-¡Por dios, estás congelado, métete ya en el saco!, yo no me voy a quitar la ropa solo el plumas y las botas.-

Al quitarme el anorak y al descalzarme pude sentir como se me entumecía el cuerpo y me costaba mantenerme en pie. Me tiré en la cama y me metí dentro del saco. Seguidamente vino Janet y se metió dentro.

-Jo...jod...der, la ca.aama ess..ss ena..nna.-

Casi no podía ni hablar, mi boca tiritaba y mi cuerpo temblaba.

-Mejor, así estaremos más pegados y tendremos menos frío. Eres un cubito, me das frío en vez de calor.-

Janet hizo que me riera mientras subíamos las mantas hacia arriba. Janet se agarró a mí para dárne calor.

-¿Estás mejor así?.-

-Sí, el frío empieza a irse.-

Seguía tiritando pero cada vez menos.

-Estoy cansada, me gustaría dormirme y despertarme en mi cama y darme cuenta que solo ha sido una pesadilla.-

-Ojalá fuera una pesadilla, nos levantaríamos, nos ducharíamos y saldríamos a la calle con un sol radiante.-

-El sol... ¿Tú crees que volveremos a verlo como antes?.-

-No lo sé, si se apagara del todo, seríamos los últimos habitantes del planeta tierra.-

-No pensemos en eso, durmamos ahora que tenemos calorcito. Buenas noches Alberto.-

-Buenas noches Janet.-

Con una buena temperatura dentro del saco, seguramente en grados positivos, los dos cerramos los ojos y nos quedamos dormidos.

Un fuerte ruido hizo que nos despertáramos sobresaltados.

-¿Qué ha sido eso?.-

Pregunto Janet, con voz dormida.

-No lo sé... Nuestra puerta esta abierta... Mierda, las llaves del almacén de armas...-
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La llama de hielo, capítulo 2 "La cena" por Alberto Leiva Pallarés se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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